A mediados del mes pasado disfrutamos de un fin de semana en un pequeño pueblo a las afueras de Cuenca. Dado que el tiempo era muy bueno para la fecha que nos encontrábamos decidimos ir a pasar la mañana a la ciudad encantada.

La nieve había hecho una tímida presencia unos días antes, lo cual le dio a la visita un ambiente ligeramente invernal.

No obstante, El cielo azul, el sol brillando y la temperatura agradable que invitaba al paseo con ropa ligera trasportaban a la gente a un fin de semana de primavera, hasta que al ver el calendario uno recordaba que estábamos en enero.

La visita me dejó un sabor agridulce. El paisaje es suficientemente bonito, las formaciones rocosas son espectaculares sin la necesidad de inventarse nombres que en muchas ocasiones, por lo menos a mi, me costaba relacionar con lo que estaba viendo.

La foca, la cara, el perro, pelea entre elefante y cocodrilo, osos, tortugas, leí todos los nombres y dificilmente encontraba una relación entre lo que veía y lo que leía. Es decir, que me hubiese dado igual ese nombre que cualquier otro, más bien hubiese disfrutado más de la visita sin esas etiquetas. Lo siento, pero me ha pasado siempre, tanto en la Ciudad Encantada, como en cuevas o en otro tipo de formaciones abstractas. La naturaleza es suficientemente bella en si misma, no es necesario humanizarla ni ponerle nombre a todo lo que vemos para hacerlo más cercano.

Aquí dejo un pequeño resumen en imágenes de la visita. Como esta siendo tónica últimamente incluyo alguna imagen en blanco y negro.
